LA VIDA EN SOCIEDAD: LO CULTURAL Y LO HUMANO

LA VIDA EN SOCIEDAD: LO CULTURAL Y LO HUMANO


Este espacio es un lugar abierto para escribir historias de situaciones que pasan sobre temas de interés Social y Cultural en sentido general, sin mucha profundidad Científica, tomando en consideración la parte humana, dirigido a gente sencilla con interés de conocimiento de la Cultura Dominicana , dándole valor a lo cotidiano.

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lunes, 14 de enero de 2013

“Mi segunda Tonada: “Confesiones a Media Noche en un Bar de Mala Muerte”


Tomado de: Mario Blanco Calderón
Me gusta escribir sobre  lo que le ocurre a la gente común. Observar los lugares y a las  personas que por allí caminan, estudiar sus expresiones  y analizar  su naturaleza  como persona.  Es como ponerle  un rostro  a lo que estoy observando.    


Detrás de cada Ser Humano se esconde una historia  y  se  ocultan  añoranzas  que se  pierden en las profundidades  del tiempo.
-         
      ¡Cada cual tiene su historia!

Aquel viernes cuando la tarde agonizaba y la luna se incorporaba  para hacerse  cómplice de la noche se movía por  todo aquel ambiente  un aire húmedo  que parecía lamer  el rostro de las gentes.

Había llegado a un reconocido Bar que por el ambiente reinante allí  debió llamarse “Bar de Penas” o “Refugio de Corazones Rotos”. Aquel Bar era muy popular para ese entonces  por la fama que tenia de sus cervezas bien frías y baratas. Estaba  establecido en la esquina de una de las  calles de las inmediaciones del Fuerte de Santa Bárbara. En lo que hoy es el casco antiguo de la ciudad.

Cerca del Bar había pensiones baratas,  hotelitos de mala reputación, restaurantes pobres y kioscos  dónde se vendían frutas  y  vegetales para los menesteres  del día.

Por las noches el aspecto del barrio era solitario y  triste y  solo se veían hombres acorralados en su soledad.

Aquel  Bar estaba ubicado en un  antiguo edificio de color amarillo anaranjado añejo, de dos pisos. El  local tenía dos ventanas que miraban hacia   la calle y  estaban  a la altura de   algunos dos o tres  metros del nivel de la superficie de la acera que da a la calle principal.

Una puerta de madera muy ancha de dos hojas  se abrían hacia la calle principal y sobre estas  puertas  pendía un bombillo  encendido de color verde.

Un cartel pintado a mano  colocado a la izquierda  de la puerta,  rezaba la insinuante oferta de $ 10.00 pesos  la Cerveza bien fría,  razón   por cual  preferimos este Bar para  utilizarlo como puerto de descargas de las penas.

Recuerdo claramente la entrada a ese Bar. Un hombre alto y corpulento  permanecía de pie con aire despreocupado. Tenía una de esas apariencias que podían pasar de la sonrisa  más  inalterable   y humildemente cordial  hasta  el enojo más irritable de un modo  muy disimulado sin mover un solo de sus músculos. Los conocidos que entraban al lugar le llamaban Don Eleuterio. Don Eleuterio  era el guardián de seguridad y control de la entrada al Bar decían que era un retirado del Ejército.

La entrada estaba al lado derecho del edificio, era una puerta muy ancha y de donde  se iniciaba una hilera de unas cuantas mesas con sus sillas en perfecto orden. Una larga barra de madera  muy añeja estaba localizada   en lado  norte del local con sus respectivos taburetes para el uso de los clientes que llegaban allí.

Un pasillo largo, estrecho y oscuro llevaba  hasta un cuarto al fondo de la casa para   conducir al baño de damas. Para llegar al baño de hombres había que atravesar el tramo de un gran  patio de tipo español que tenía sembrado   una gran cantidad árboles añosos y además había unos cuantos bancos de hierro para el  respiro y esparcimiento  de los clientes.

Este patio   estaba rodeado por otros patios, con cercas de la misma vecindad. Un rótulo sobre una puerta  anunciaba  “Baño de Hombres”

Recorriendo el salón central del Bar se podían observar las paredes pintadas de colores claros, donde   presentaban muchas advertencias y anuncios. 

Una publicación resplandeciente, ubicada al fondo del salón, que se veía con toda facilidad a la entrada al bar alardeaba la frece “Adiós Tristeza”. Tenía piso de mosaico que resplandecía de limpio.

Todo el techo  era de madera antigua que descansaba sobre  grandes vigas   de roble viejo,   las cuales  sostenían    el  piso de la segunda planta. Fijada a la viga central del techo había una bola giratoria de los años 80, que daba vueltas  al ritmo de la música que proyectando  círculos de colores en las paredes y en el piso del salón.

Una colección de fotografía en blanco y negro se exhibían en la pared contiguo a la barra. Cada fotografía tenía su  historia de los que por allí habían pasado.

A la izquierda del salón había un acogedor y discreto  rincón de poca luz la cual proyectaba su intimidad cálida.

En el lado derecho, contiguo a la puerta de entrada. Había una vellonera antigua marca  wurlitzers,  gritando a  los  cuatros vientos:   Déjenme beber hasta que muera/No se metan en mi vida por favor/El licor puede tomar las venas,  que esta sufriendo mi pobre corazón/En la cantina me paso noche y día, tomando por un falso querer/ Después que dijo que a nadie más quería, lo vi con otra entregándole su amor   

Ya para mi no hay alegría/ Vivo en un mundo de tristeza, / cuando me falta el valor, aclamo a la cerveza/Si tomo es con mi dinero y si es que  invito pago yo…. /Porque son amigos míos y bohemios, a la larga pagan ellos y bebo yo.

Podía  percibir todo ese  desenlace de emociones  que traía  consigo esa Bachata. Podía sentir todas esas cargas de melancolías con más penas que alegrías, que junto a unas cuantas cervezas y un pote de Ron  provocaba un nudo de amor en la garganta entre personas que estando cerca se ignoraban.  

Allí  nadie escuchaba a nadie.

Cuando llegamos, los parroquianos que allí estaban    nos saludaban con sonrisas y extendiendo saludos a cada rato.

Los clientes eran hombres entre los 25 y los 65 años. Pocas   mujeres estaban en el lugar.
Todo el mundo se conocía entre si y se trataban como amigos de antaño, eran gentes que cuando se tropezaban  en el salón se abrazaban  con mucha cordialidad. Las emociones que les producían este encuentro las disfrutaban entre sí. Allí todo era ternura y todo era alegría. Era  una verdadera fiesta cuando se encontraban.  

Una voz femenina muy agradable llena de sensualidad y en tono íntimo salía del lado  derecho de la barra; tenía la piel color canela  y  unos ojos color café que  deslumbraba intensamente.

Una hermosa cabellera larga caía sobre sus espaldas, vestía  una blusa roja de satín que dejaba casi al descubierto  unos  senos bien redondeados y firmes que parecían  estar levantados,  los cuales  no dejaban nada a la imaginación , al caminar contorneaba  con  orgullo sus firmes  caderas de cintura  avispa. Los clientes del bar le  llamaban “Media Noche”, también le decían Rosita, pero su verdadero nombre era Rosa.

Rosa  ofrecía a los nuevos parroquianos una muestra de “Mamajuana”.
-          
      ¿Me acepta un trago de Mamajuana?  -Gracias, si  lo acepto.
-          
       Se trata de un trago muy especial. - Dijo “Media Noche”
-         
       Rociando  el piso con el primer trago de la botella recién abierta, “Media Noche” brindaba  por los bebedores que habían  muerto.

-          -¡Por la paz de sus cenizas!   
          - Es el trago de   los muertos.  - dijo ella

-Este trago   llamado “Mamajuana”  es un brebaje   con alto grado de alcohol, hecho a base de palos y raíces de diferentes tipos de arboles,  mezclados con Miel de  Abeja, mariscos, testículos de buey y  algunos tipos de rones.

-Así Explicaba ella a los nuevos visitantes del bar.

Al poco rato  mi corazón iba al galope como un caballo desbocado y terminé  más letárgico que un gato con los ojos mustios como el de  un parrandero borracho. Se me había ido ya todo el encanto y toda la poesía de la vida.

En ese momento  escuchábamos una bachata interpretada por  Mélida Rodríguez: Ya no me importa que digan que soy mala/En esta vida, yo me siento muy feliz…. /En la otra vida que es la que llaman la buena, yo sufrí mucho y por eso la cambié.

Ahora me culpan mis amigos  porque ignoran..,/ lo sufrida que yo he sido por ser buena…. /Yo sola se la amarguras que se pasa, siendo buena y que me culpen de mala….
En ese momento se arrima  una mujer a  la mesa, tenía el  pelo rubio y unas facciones adustas con   rostro acongojado,   ojos azules melancólicos  y mirada triste.

Explicaba que venía de buena familia, de un pueblo llamado Monte Cristi  por allá por la frontera con   Haití y que el lado oscuro de la vida la había  elegido. 

Tenía un año  que su marido  había muerto.  Ella pensaba que fue de un mal que le habían echado.  

Insistentemente  repetía de manera dramática: 

        -¡Que importa un clavo mas en mi sarcófago ¡

-          -¡Que importa  si ya estoy muerta!

-          Nadie le presta atención.

Se acerca a la mesa de los vecinos  y les solicita ayuda para sus hijos. No dice su edad, pero ya había proporcionado suficiente información: tiene tres hijos. Afirma  que no desea robar, pero tiene que alimentarlos. Parecía que iba a llorar.  

La dama que estaba en la  mesa le facilita 50 pesos.  Ella lo agradece,  estira el brazo derecho, lo toma y sale del bar.

Me acompañaba un amigo de los tiempos de estudios de la Universidad, le llamábamos Julito, pero su nombre real  era Julio. Teníamos como  una especie de hermandad.

Él era lo que se dice   un  tipo de “malas pulgas”, un rebelde sin causa, discrepante con todo,  no le interesaban el origen de las cosas, vivía el presente, tampoco le interesaba el pasado. Él era hombre sin complicaciones.

Julito era un  hombre mestizo alto y corpulento de perfil imponente, tenía un rostro alegre,   una sonrisa fácil y  reía  frecuentemente. De voz firme y ronca como la de un  locutor de la radio de los años  40.

Llevaba siempre el pelo a la moda rociado con aerosol  para darle brillo al pelo  e impedir  el desgreñe. Vestía como si fuera a ir a  un duelo. 
   
A pesar de su recio carácter Julito era el marido más amoroso del mundo. Un día cualquiera  no regresó más a su casa  .

Nunca supo cuando terminó el encanto, pero tampoco cuando empezó el desencanto.

Pronto nos pusimos a prestarle atención a la interpretación de Carlos Pizarro,  que con esa voz llorosa que atravesaba el corazón como una daga  y  desentrañaba  el alma del más frio de los vivientes. 

El bolero decía así: Pa que vea lo que se siente, / pa que sientas lo que siento. / Te lo juro por mi madre que me lo voy a cobrar/ Que diosito me perdone este negro pensamiento, / pero es que ya no aguanto lo que tu me haces penar. /Le daremos tiempo al tiempo, ya veras si no es reciente. /El orgullo siempre  orgullo y te voy hacer llorar, / cuando tú me veas con otra, /...’

En medio de todo ese cambalache nocturno, una  mesera  se desplazaba entre mesas y mesas  con un recipiente grande de madera que  sostenía en el cuello, en el cual llevaba una  gran cantidad  de chocolates, chicles, mentas, paquetes de cigarrillos y fósforos, se lo  ofertaba a los clientes.

-Hice un gesto para dar a entender que me interesaban unos chocolates.

-            - ¡Cinco pesos por favor! – Dijo la mesera.

-           -¿Que?   -Respondí.

-           -¿Por qué?   –Volví a decir.

-           -¡No se haga el tonto, por favor! – Contestó
              la camarera

Con una sonrisa leve saque de la cartera un billete de cien pesos  y pague lo convenido.

Un individuo que estaba cerca de mí abrió los ojos como dos monedas de cincuenta centavos y enfiló su certera vista hacia mi  cartera, creo que en un abrir y cerrar de ojo contó todos los billetes que habían dentro de ella. Luego  sonrió cínicamente y salió. 

Me encogí de hombros y continúe  bebiendo  sorbo a sorbo  la cerveza bien fría y escuchando en la vellonera  a Sonia Silvestre   cantando y a los parroquianos  coreando: Quieres dormir y yo quiero andar / La noche es para un largo viaje y hay que llegar…../ tropecé ayer con tu cariño y hoy me puse a pensar… es verdad…. Quieres dormir y yo quiero andar, la noche es para un largo viaje y hay que llegar….

Sin más comentarios  me  levanté de mi silla y me dirigí sigilosamente al baño de hombres, el cual se mantenía lleno toda la noche. 

Los clientes entraban y salían, unos tras otros y también en grupos en busca de satisfacer  sus necesidades fisiológicas.

A la entrada del baño  se percibía un discreto olor a moho y algo que recordaba a la flor de lavanda. 

Dentro del baño había un estrecho orinal de cemento muy  largo pintado de blanco y colocado   en dirección horizontal  que  cubría la  mitad de la pared del lado norte, allí  cabían de seis a ocho  clientes  cómodamente ubicados  al mismo tiempo.

Un espejo que  cubría gran parte del lado sur del baño  estaba colocado  en la pared sobre unos cuantos lavamos que estaban incrustado en un largo mueble, como si fuera un mostrador rectangular, era utilizados por los clientes  para acicalarse el pelo. 

Varios bombillos sobre el espejo alumbraba el baño. Allí  se escuchaba la música pero el sonido era más bajo.

Las paredes del baño  eran limpias y brillantes, pero sobre el orinal se  desplegaban  frases con letras de diferentes tipos y tamaños, algunos calzados  con firmas anónimas y fechas que me  recordaban a las  lápidas de un antiguo cementerio.   

Me detuve a leer algunos de los  mensajes escritos  que me parecían sentencias publicadas  en la pared.

 “Por aquí paso la bragueta más rápida de Santo
   Domingo”.

“Perdido en este mundo  injusto y cruel”.

“¿Sabes que es lo más triste de la traición?

   -Que nunca viene de un enemigo”.

” ¿Por qué las cosas son como son y no de otra
    
     manera?”

“¡Me gusta mi primo!,           - “ ¿qué hago?"


Yo he escuchado  contar muchas cosas  curiosas sobre comportamiento de las  gentes en los baños públicos.

A través del tiempo he visto que en algunos baños públicos cuando los hombres llegan se encierran en sí mismo, se vuelven esquivos y  mantienen una lucha interna  consigo mismo  de que no se fijan unos de otros y que tampoco  les interesa fijarse .

Al momento de   ingresar cada uno se acomoda en su lugar y generalmente  buscan el mismo espacio  de siempre cuando se trata   de un cliente tradicional del lugar.   

Si se le ocurre preguntarle algo al vecino lo hacen en un tono muy  tímido y apagado, como si  se  tratara de una osadía. El indagado como es natural se asusta en el acto y lo mira con cierta curiosidad  y timidez con el que pregunta, ambos continúan con su mutuo sobresalto y permanecen por un momento  sintiendo  inquietud.

Luego de  los primeros momentos de la llegada se va produciendo  lentamente un ambiente de confianza que va  creciendo  y se va propagando, convirtiéndose poco a poco  en una confidencia  recíproca que se  generaliza y  de esta manera  se inicia  una conversación.   

En medio de este tenso mutismo  y con timidez nerviosa surge inesperadamente un hombre de algunos 40 años  comentando sobre los mensajes escritos en la pared, lo hace para iniciar una conversación y romper el hielo, el cual   arrastra a todos los demás desde el primero hasta el último y dice:  

-  -Los que escriben en los baños públicos son poetas  anónimos  que exponen un romanticismo rebelde y  buscan gritarle al mundo un fragmento de su historia.

El primero de la fila adujo rápidamente:

-Me parece que estos mensajes anónimos son
 confidencias   de deseos restringidos. Son
 escritos aquí,  porque es el único lugar que permite   exponer la libre expresión del pensamiento , al mismo tiempo que es  irrebatible porque se ha hecho en lo más  oculto de su soledad , pero está  dirigido a un público especifico que sí le presta atención.

    -   En este lugar  no hay censura, porque nadie
        sabe quién lo escribió.      - Contestó otro.

      Y luego continuaron diciendo:

    - Aunque pinten y vuelvan a pintar las paredes de
      los baños públicos siempre habrá alguien
      que  continuará  expresándose libremente  y sin
      reproche, pero  al mismo tiempo  el
      individuo  refleja su capacidad intelectual.

-    - Escuchaba atentamente y permanecía silente
       como en misa.

Un señor que estaba en el lugar aseguraba que en investigaciones arqueológicas hecha en los baños públicos de la antigua Pompeya  encontraron  muchos  letreros o grafitis como le llaman ahora, que reproducían  situaciones de índole sexual o citando a alguien con intenciones de relaciones  sexuales.

En medio de toda esta conversación algunos se miraban con otros llenos de incógnitas.

A partir de todo esto recordaba que Sigmund Freud decía   que la mente está dividida en tres partes: el Ello, el Yo y el Superyó. El “Ello” representa los impulsos originales y constituía el motor del pensamiento y del comportamiento humano. 

El argumentaba que el “Ello”  contenía nuestros deseos de gratificación más primitivos y  que “El Superyó”, era  la parte que contrarresta al “Ello”, lo cual representaba los pensamientos morales y éticos.

También él explicaba que “El Yo”  permanecía  entre ambos, y que actuaba mediando entre nuestras necesidades primitivas y nuestras creencias éticas y morales. Freud afirmaba que  existían partes del “Yo”  que son inconscientes,  y que  un “Yo”  saludable proporcionaba la habilidad para adaptarse a la realidad e interactuar con el mundo exterior de una manera que representaba el mejor compromiso entre los deseos. 

Freud  ratificaba que esas cargas energéticas del “Ello “son las que hacen  tender  al organismo hacia la obtención de un fin,  que es lo que él le  llamaba “ Estado de Tensión del Ello”, creadas  por las demandas prohibitivas o disciplinarias provenientes del “Superyó”. Él también  alegaba   que  todo este proceso estaba en relación con la historia de vida del  individuo.

Les cuento esto, porque Freud sabía muchas cosas interesantes sobre la Naturaleza Humana y sobre   su comportamiento, él buscó una explicación a la forma de cómo funciona  la mente.

Expresó que el proceso de la represión es un acto no consciente, es decir que no ocurre a través de las intenciones de los pensamientos o sentimientos conscientes. 

Freud  realizó un estudio llamado psicoanálisis en la que  trataba de aclarar todas estas cosas.

Con relación a  la conducta humana, mi padre decía: Que todos estábamos  matriculados en la escuela de la vida y que  el maestro era el tiempo.

Finamente salí al patio a respirar un poco de aire fresco, aquí la vida se movía   a un ritmo completamente diferente. Algunos parroquianos se quedaban un buen rato conversando  sobre  sí mismo y  sobre su familia,  de su matrimonio y  de  los divorcios peliagudos, se hablaba también de la soltería  y de  los eternos  goces de la soledad. Unos pocos  fumaban.

Escuché hablar a un hombre que rondaba los 45 o 50 años de edad. Era  apuesto, de apariencia distinguida, con sedoso pelo castaño y ojos color café. 

Llevaba ropa elegante y tenía una postura de galán, de esos que uno dice que presumen de  Dandy. 

Este señor  relataba que había tenido una aventura amorosa con una vecina  y  de la cual se había arrepentido para todo el resto de su vida, porque esa mujer lo había llevado por las calles de la amargura. Le daba gracias a Dios y a la vida con los brazos abiertos, gritándole  al cielo su alegría por haber salido de tan espinosa relación.

Mi padre acostumbraba a decir muchas cosas interesantes de la vida, otra cosa que él decía era  que la vida es como una caja de bombones y que uno no se sabía cuál le iba a tocar.

Entre nuevamente al bar a encontrarme con  Julito, tenía en sus con sus manos una botella  casi llena de cerveza  y estaba  junto a una tal Doris , si mal no recuerdo su nombre, los dos estaban más  engolosinados que una caja de chocolates con miel de abeja , tarareaban   en consonancia con   la vellonera  la canción de Amalia Mendosa: Sabes/ mejor que nadie que me fallaste,/ que lo que me prometiste, se te olvidó/ sabes a ciencia cierta, que me engañaste,/ aunque nadie te amara igual que yo,/ llena estoy de razones para despreciarte/ y sin embargo quiero que seas feliz,/ que allá en el otro mundo en vez de infierno encuentre gloria y/ que una nube de tu memoria me borre a mí…..

Ella levantaba los brazos como si estuviera pidiéndole clemencia al Señor. Sus grandes ojos brillaban como luciérnagas en la oscuridad de la noche .En medio de esa penumbra pude ver sus  gruesas pantorrillas que sobresalían de una estrecha y corta falda negra. Esas pantorrillas  traían   a Julito loco y sin ideas.

Ya dentro del bar la gente gritaba  Otelo, Otelo, Otelo. Chillaban como chicharras viejas pidiendo algunas canciones y cervezas. Otelo era el camarero,  un hombre más o menos de algunos 40 años. Las gentes lo tenían muy atosigado la noche entera. Bebía a la par con los parroquianos  mientras atendía a los clientes.

Otelo   era un hombre muy delgado, con cabellos muy rubios  y patillas muy largas, usaba lentes pequeños  redondeados y exhibía  una camisa blanca con un lazo en el cuello, como los que usan los gatos refinados de gentes ricas.

Tenía además puesto por encima de la camisa un chaleco de satín negro  y unas ligas negras que recogían las mangas de la camisa, la que usaba para arremangarla y que no se mojaran los puños cuando estuviera preparando los tragos o secando las mesas. Otelo  llevaba una vestimenta como las que usaban los boticarios del lejano oeste americano.

La vellonera continuaba tronando  con la canción del corrido mejicano de Lucio Vázquez
Volaron los pavos reales  rumbo a la cierra mojada, mataron a lucio Vázquez, / por una joven que amaba…  

A las once de la noche estaba Lucio cenando, /llegaron unos amigos, para invitarlo a un fandango/……..ahhhhhhhhhhhhhhiiiiahiiii, corrido de lucio Vázquez/un hombre, / ¡si señores!…../

Su madre se lo decía me lo avisa el corazón, no valla Lucio a ese baile, cuídate de una traición, / montaron a su caballo, donde se hallaba la joven que lucio tanto adoraba… ahiiihaiai/ Lucio Vázquez un hombre….

El silencio de la noche se interrumpía constantemente  por el bullicio de las gentes que permanecían en el bar.

En esos momentos regresa la  camarera a la que le llamaban “Media Noche”, llega y se aviva la mesa con lo que sería la sexta  cerveza de la noche.

A lo lejos se observaban  dos hombres mayores de algunos cincuenta años de edad,  estaban estribados con los codos puestos en la barra, miraban con mucha atención a una mujer que estaba 
sentada al lado derecho de ellos dos, debió tener la misma edad de los dos. Estos hombres daban la impresión de  que estaban  borrachos.


La desconocida me miraba  con sus grandes ojos negros, como si estuviera en estado de contemplación, luego dirigió una mirada fría y desairada hacia los dos hombres. 

Esa mujer tenía un pelo largo   ligeramente ondulado, separado por una línea  divisoria en la mitad de la cabeza, que  caía indiferente y elegante. Sus cejas eran bien cortas y finas,  excesivamente rectas, de un castaño al igual que su pelo. De nariz respingona.

Exhibía una boca muy esquiva, unos labios muy gruesos y llamativos, pintados de rojo  intenso.
Presentaba una  sonrisa enigmática  y triste como el de la mona lisa.

La mujer llevaba una blusa con  gran escote  que revelaba sus grandes y provocadores senos, los cuales  trepaban  y caían con cada respiración. Los hombros  estaban cubiertos por unas mangas cortas. Vestía una falda bien estrecha hasta las rodillas que al caminar  dejaba extremadamente manifiesto sus elevados glúteos y sus bien afeitadas piernas.


Escuche decir que era  la amante de un próspero comerciante. Era una mujer muy agresiva y que por  eso aquel hombre la  había abandonado. Se podía percibir su soledad y toda  su fisionomía se asomaba   un discreto  encanto neurótico.

El cincuentón que no la  pierde de vista se le aproxima  y le susurra  al oído  suplicándole favores íntimos a cambio de cien pesos.

Desbordada de ira y enfurecida por aquellas frases, se levanta de la mesa reclamándole al viejo cincuentón  su infame invitación. Sin muchos adornos y con soberbia le expresa:

-          - ¿Que dices vicioso desvergonzado. ?   
           -  Viejo pérfido.

-          -Deberías estar en un circo.
     - Con gritos que parecían alaridos continuaron
       los impulsos de ira de aquella mujer.

El viejo le manifiesta sin ofensas en voz baja y palabras cariñosas, que por favor que olvide todo lo antes dicho. Pero la injuriada se levanta de la mesa, riega la cerveza  por todo su cuerpo y sigue gritándole al hombre.

Aquel alboroto con respuesta altanera y amenazadora de esa  mujer, produjo un rumor de disputa en el bar que atrajo la atención de todos los parroquianos.

En cuestión de minutos  la desconocida  salió furiosa y en pocos momentos  reapareció acompañada de un tal Meneíto, al que también le llamaban Menelao   , pero ya el hombre no estaba.  Había abandonado el lugar sin pagar.

La alegría continuaba en los ánimos de los parroquianos, lo cual impidió que la ira continuara.

Los demás se ríen. También la mesera que está más ebria que los mismos borrachos a los que ella les sirve.

Alguien de una mesa desconocida se levanta ,va a la vellonera y selecciona el disco de Chelo Silva , “El Cheque en Blanco”  , nos pusimos a escucharlo con atención:  - Pero que mal te juzgué, / si te gusta la basura, / pero mira que locura, pero para  ti está bien, /pero que mal calcule/yo te creía tan decente y te gusta lo corriente por barato yo que sé, /y no canto de dolor, / yo no busco quien me quiera,/ ni pretendo financiera que me avale lo que soy,/ yo no soy letra de cambio,/ ni moneda que se entrega, /que se entrega a cualquiera como cheque al portador………


En medio de todo este estira y afloja nocturno,  el lugar se volvía cada vez más desafiante a medida que iba avanzando la noche  y la vellonera continuaba   con sus embates a alto volumen con la canción de Anthony Santos, muy   conocido por la repetición de la frase: " Nereyda, no quiero nada contigo, recuerdo que me ofreciste tu cariño y tu abrigo / a otro tu se lo entregaste, / yo me quede solo y triste / Nereyda me traicionaste.


La melodía  cobraba fuerza. Aquélla voz ronca penetraba en las gentes con un tono muy  íntimo y lleno de vida alterando la lucidez de algún bebedor compungido.

Enseguida entro una mulata  de esas que son muy maliciosas, movía lascivamente las caderas. Era una  joven de algunos 30 años,  muy bonita y  coqueta, de pelo corto alborotado de color castaño.


Aquella mujer presumía de diosa, era alta, delgada y elegante.   Hacia alarde de su  estrecha cintura y sólidos glúteos.


Llevaba una blusa de color blanca con una gran abertura  frontal, era de una tela muy fina que la que le acariciaba la piel.  Exhibía con orgullo unos senos pendencieros, ya que no llevaba brassier.  

Tenía puesto en el cuello  una fina cadena de oro amarillo casi imperceptible, que terminaba en su último eslabón con un delicado   diseño  de cuarzo rosa que caía libremente en la línea media que empalma los dos senos.

Usaba un pantalón de nylon  negro brilloso que le quedaba ajustado a sus firmes caderas, la cuales  transmitían   sensualidad y seducción.

Se comentaba que había sido bailarina y cantante de un club nocturno, en su época de mocedad debió haber tenido un cuerpo bien  tonificado. Su piel tenía la misma tonalidad del color de la canela.


No parecía marchita, pero si tenía la expresión de haber pasado por muchos momentos escabrosos en su vida. Tenía la impresión de que esa mujer estaba sumergida en un profundo mar de  nostalgia.


Un cincuentón que lucía como un revoltoso de sus peores tiempos,  era un gran gladiador  de esos que no desperdician la vida,  estaba sin compañía  y desviaba  su atención hacia esa  mujer.


Tenía  aspecto de gran bailador, pues  llevaba el ritmo de la música al  compás con las manos.
Los dos se profesaban muy conformes,  compensándose armónicamente  al compás de la música en medio del salón.  Abrigada  por  los brazos de aquel hombre ella se sentía como Alicia en el país de las maravillas.


Aquella  mujer impúdica  bailaba la Bachata mejor que nadie y llevaba un excelente  ritmo.


El hombre tenía a esta mujer bien adosada a  su  cuerpo, la tenía pegada como una losa a una pared,  quedando el hombre  de frente  sobre las piernas de la mujer, moviendo su cintura. Ella  acariciaba el cuello  de aquel hombre  mientras bailaban la Bachata  con insinuantes arrebatos lascivos.
-         
       -Esos senos jalan  más que cuatro bueyes juntos.

       -Murmuró un hombre que estaba allí.

-     -Ella es una exagerada – Respondió  una  mujer

Sin bulla se levanta de la barra un señor de algunos cincuenta años al que le  llamaban Cirilo; al parecer era muy popular en el lugar pues  todo el mundo allí conocía  su historia.


Cirilo mostraba  una chalina larga negra y  fina  que le enlazaba todo el cuello   , dando la impresión de tener un lazo ahorcándolo, tenía una camisa blanca de tela de algodón,  pantalón de  dril color kaki  y un sobrero Jipi Japa de los que le llaman sombreros  de Panamá, era del mismo color del pantalón.


Cirilo  era un cliente   del mismo barrio. Se comentaba que había estado bebiendo todo el día en diversos lugares y había llegado a prima noche al bar, más eufórico que de costumbre.


Según Julito  desde que Cirilo  tenía dos años, su madre lo dormía contándole las viejas   historias  de la Biblia y desde  siempre le afirmaba que en latín aquellas leyendas eran más hermosas. Pero su madre murió cuando apenas era un niño y a su padre nunca lo conoció. Cirilo nunca tuvo regalos de navidad.


La otra estocada de la vida fue  al enterarse  del suicidio de su novia  ahogándose en un estanque lleno de agua. Aquel suceso lo marcó para la vida, se entregó  a la bebida para borrar los recuerdos de aquella mujer. Abandonó el trabajo y el lugar donde vivía y se  convirtiéndose así en un bohemio.


Decía Julito  que Cirilo  era capaz de recitar  todos los capítulos y  versículos de la Biblia.
  
  -Yo conozco ese hombre desde hace mucho 
    tiempo, él era un hombre honesto.


  -¡Él es un búho de  noche de desvelo!   
  
  - Continuaba diciendo Julito.


De repente y aparecido de la nada llegó Cirilo al salón, con los ojos más rojizos que una llamarada. Sonreía  maliciosamente y pretendió tocarle un seno a la mujer que bailaba.


Gritando: ¡“Rata maldita, sacaste la pelota del parque”! …, y  se abalanzó sobre Cirilo.  La mulata dio el salto del tigre y se colgó del cuello de Cirilo con tal furia que le hirió la cara con sus filosas uñas  y  le dejo los ojos como dos platos cuadrados.

El guerrero que acompañaba a la mulata, dispuesto a borrar la injuria que había  sufrido su pareja por aquel desconocido,  le asestó tremendo puñetazo en la cara que casi lo tumba, se armó  la de “no te menee”  , pero como Cirilo era un hombre absorbido por la vida mundana  se supo defender y  le  devolvió el golpe al guerrero.

En el medio de aquellos dimes y diretes, “Media Noche” borracha, las palabrotas de los bebedores solitarios, el guerrero, y  la personalidad sicótica de la mulata,  intervenía Don Eleuterio aplicando llaves de judo y separando a los bravucones para controlar la situación. A él no  le preocupó que con el desorden  se le hubieran caído los pantalones al piso. Sudoroso recoge el pantalón del suelo y abandona rápidamente el salón. Los entremetidos aplaudían  como un grupo de payasos.


Cirilo se quedó atónito por un momento  y solo atinó a decir: Descendí hasta  al fondo del infierno sin llegar a ver a  lucifer.


La ofendida después del acontecimiento se sienta en la mesa y pide una cerveza, que el encargado del bar se negó a darle. Posteriormente  “Media Noche”, compinche de otros tiempos le trae una nueva cerveza  y un vaso. El guerrero sale presuroso por la misma  puerta que salen todos los demás,  quizás por eso la mulata no volvería a aflorar el resto de la noche.


"Media Noche"  selecciona “Cuando Nadie te Quiera”, de Carlos Pizarro.  Para que ese melodrama de intrigas llegara a su fin,  

Así terminaba la noche. La vellonera gritaba el último disco de la noche, nuevamente con la voz quejumbrosa de Carlos Pizarro, que a media madrugada se    sentía como una puñalada que desgarraba el mismo centro del corazón. Decía así: Cuando nadie te quiera/Cuando todos te olviden…/volverás al camino/ donde yo me quede.


Volverás como todas, / con el alma en pedazos/ a buscar en mis brazos un poquitico de fe/ cuando ya de tu orgullo/ no te quede ni gota/ y la luz de tus ojos /se comience a parar, / hablaremos entonces/ del amor de nosotros/ y sabrás que mis besos, / los que tanto desprecias, /van hacerte llorar. /


Cuando nadie te quiera, / cuando todos te olviden/y el destino implacable, /quiero ver tu final, /yo estaré en el camino/ donde tu me dejaste, con los brazos abierto y un amor inmortal, / yo quiero que sepas, que no se de rencores y a través de mi madre, / aprendí a perdonar y una vez tu me conozca, mis tristezas de amores, aunque tu no quisieras, aunque nadie quisiera, me tendrás que adorar. 


Se inicia la limpieza de las mesas .Pagamos  los gastos  consumidos y  abandonamos  el bar. Salíamos rápidamente de aquel lugar  y ya teníamos otra  historia que contar, los demás salen también por la misma puerta, era  indicio de que el bar iba a cerrar.


Ahí descubrí: “El Discreto Encanto de un Bar de Mala Muerte”….


El bar de la esquina quedó alojado  en lo imaginario, como una leyenda arrinconada en mi memoria de  un grupo de personas  desconocidas.  No es más de ahí.


Fui parte de esa historia, pero me siento fuera de ella y del lugar donde estuve.  


Creo que ningunos nos fuimos sin recuerdos…. cada cual  se fue por  su lado en la vida….

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