Este espacio es un lugar abierto para escribir historias de situaciones que pasan sobre temas de interés Social y Cultural en sentido general, sin mucha profundidad Científica, tomando en consideración la parte humana, dirigido a gente sencilla con interés de conocimiento de la Cultura Dominicana , dándole valor a lo cotidiano.

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viernes, 5 de abril de 2013

Los Parias, Los Desplazados, Los Desheredados de la Diosa Fortuna. - Relatos de inmigrantes I -





Relatos de inmigrantes.
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Los parias, los desplazados,
los desheredados de la Diosa Fortuna.


Sergio Reyes II.




            Chepe Sosa vendió su conuco y unos puerquitos que le quedaban, casi a precio de vaca muerta, para completar el pago por su pasaje en un viaje que estaban organizando unos tipos en la ensenada de Matancita, allá por la costa de Nagua. De lo poco que pudo conservar le dejó a Mencía, la mujer, unos chelitos para que ella y los hijos la fueran pasando, en lo que él llegaba a ‘los países’ y comenzaba a trabajar. Su voluntarioso espíritu ardía en frenesí, impregnado con la aureola de optimismo que le habían vendido los traficantes de ilegales y mercaderes de sueños e ilusiones que día por día empujan a las aguas inseguras de la mar bravía a los que han perdido las esperanzas de progreso en su propio país y se lanzan a otros horizontes en busca de una visa para un sueño tan costosa como su propia vida.

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            Doroteo Arteaga salvó la vida por un pelito, cuando escapó de su humilde pueblucho al abrigo de las sombras de la noche y, sin mirar atrás ni detenerse, caminó hasta cruzar la frontera del vecino país limítrofe. El inmediato intercambio con amigos y conocidos en una solidaria Nación centroamericana le devolvió la seguridad por su vida, que corría flagrante peligro a causa de las convulsiones políticas y los enfrentamientos entre sectores rivales que azotaban el país y le tenían al borde de un conflicto bélico fratricida de incalculables consecuencias.
            El protagonismo y preponderancia con que contaba entre los habitantes de su comunidad le habían llevado a ocupar diversas posiciones dentro de su bandería partidaria y, como consecuencia de ello,  se le escogió para ocupar una importante curul en el Municipio. Con el estallido de las hostilidades y la irreversible pérdida del control de la plaza, Doroteo no tuvo más remedio que enviar a lugar seguro a su mujer e hijos para tomar, a su vez, las de Villadiego, junto a algunos correligionarios que tuvieron la visión de salir a tiempo de la aldea y tomar el camino del exilio hacia países vecinos, como única forma de salvar la vida.

            Apurando el amargo acíbar del ostracismo y con escasas posibilidades de un retorno victorioso, Doroteo comenzó a vislumbrar la sugerente posibilidad de una mejoría económica siguiendo la ruta terrestre hacia el Norte, más allá del Rio Bravo, como ya lo habían hecho otros muchos que escaparon antes que él, hastiados de tanta palabrería hueca y desunión en un país como el suyo en donde la población  ya no soportaba ni un día más de la extensión de la inconsecuente guerra entre hermanos que le mantenía postrada de rodillas y limitada en sus posibilidades de progreso.

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            Cornelia compró un ‘machete’ y gestionó una invitación a un Congreso de Enfermeras del área de Centroamérica  e islas del Caribe que habría de celebrarse en Puerto Rico. Nunca antes había viajado en avión y, a lo sumo, solo se separaba de su prole por cortos periodos debido a requerimientos del trabajo o cuando éstos viajaban en las vacaciones a visitar a los abuelos en una remota comunidad rural enclavada en plena frontera con Haití.
            Con un sudor copioso corriendo por sus espaldas y una sarta de fervorosas oraciones, a manera de salvavidas, la timorata mujer esperó en su lugar de la fila el momento en que el Oficial de Migración se desocupase y le franquease el paso para proceder a la revisión y procesamiento de su ingreso al territorio de los Estados Unidos.

            El motivo principal de su  preocupación estaba cifrado en el miedo a que el oficial actuante notase el creciente nerviosismo que le embargaba y que, llegado el momento, no pudiese responder con presteza y seguridad el llamado que se hiciese a Ana América Pérez, el nombre que aparecía estampado en el pasaporte, junto a su foto.

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            En el anchuroso salón del comedor de la factoría ruge la marejada humana que, luego de una intensa jornada de labor, acude en tropel para ingerir apresuradamente los atesorados alimentos que cargan en sus mochilas y loncheras, intercambiar impresiones en tertulias de amigos y conocidos y disipar, aun sea por breves instantes, la tensión del día, los problemas del diario vivir y el sofoque de algún jefecito con ínfulas de carcelero.

            Junto a los efluvios y sazones que saturan el ambiente y los acentos, dialectos y regionalismos, intercalados con un machacado galimatías que dista mucho de ser el idioma oficial de la pujante Nación que les sirve de anfitrión y solidario albergue, resalta también un sinnúmero de rasgos raciales y culturales que permiten entrever sus orígenes y procedencias.
            Y si alguien pudiese penetrar en el trasfondo de la curiosa babel escenificada cada día en la agitada y aleccionadora tanda del receso para tomar el lonche y tuviese la facultad de traducir sus dialectos y profundizar en sus conversaciones más íntimas, podría tomar partido de un sinfín de historias de luchas, esfuerzos y angustias. Y también de ilusiones, decepciones y desamor.

            Pero, por sobre todas estas cosas, quien pudiese conocer cuánto dicen y  atesoran estas gentes sabrá la importancia asignada entre ellos al amor filial y el apego a la familia, lo que constituye, en esencia, la razón de ser de las luchas, sacrificios y desvelos por los que transitan en sus vidas de inmigrantes.

            Al igual que Chepe, Cornelia y Doroteo, éstos también partieron de su hogar y eligieron la vía del exilio económico en busca del desarrollo personal que les permitiese contribuir con la superación y el bienestar familiar. Por ello, sacrificaron sus escasas pertenencias y el exiguo patrimonio familiar, abandonaron sus empleos y profesiones y se lanzaron a una incierta ruta en la que desafiaron la profundidad de los mares, vencieron el miedo a las alturas o resistieron la inclemencia y la desolación de inhóspitos desiertos, entre otras múltiples e ingeniosas vías elegidas para llegar a su destino en la llamada ‘Tierra de las oportunidades’. Endurecieron sus cuerpos y se aclimataron al gélido frio y al insufrible calor. Se sobrepusieron a la adversidad del diario vivir en un lugar extraño, a la dureza de las tareas, los prejuicios de toda clase, la arrogancia y desconsideración de algunos Jefes y, por si todo ello fuera poco, a la dificultad del idioma. Se cubrieron de una dura coraza para resistir la depresión y la soledad, se aferraron a los recuerdos y la nostalgia para poder seguir viviendo, … y salieron indemnes!

            Ellos son los parias, los desplazados, los desheredados de la Diosa Fortuna, … los que nunca se rindieron!




NYC; Marzo 28, 2013.

jueves, 4 de abril de 2013

‘Grano Dulce’- Relatos de Inmigrantes.



                                                     



Relatos de inmigrantes.
Sergio Reyes II.




‘Grano dulce’


Más que el simple y aislado anuncio de uno cualquiera del sinnúmero de comerciantes callejeros que pululan en los vecindarios de Washington Heights e Inwood, en la parte norte de Manhattan, parecería que la mercancía pregonada por éste vendedor contaba con el gusto y aceptación de todos los públicos, dado el alto poder de convocatoria que generaba en su desplazamiento.

Y es que tan pronto se diseminaba en el espacio infinito el pregón  de venta de las sabrosas habichuelas con dulce, acompañado del estribillo musical que el ingenioso mercader había mandado a grabar -con una jocosa lírica, a tono con la idiosincrasia y versatilidad del público hispano-, de inmediato comenzaban a lloverle, como por encanto, los ansiosos adquirientes del dulzón y apetitoso postre.

En la medida en que empezaban a disminuir las energías incendiarias del astro rey y la fresca brisa del norte anunciaba el término del verano y la casi inminente llegada del invierno, ‘Grano dulce’ daba curso a los aprestos para su agitada temporada de ventas, cuyo mayor número de consumidores se concentraba, como habrán adivinado, en el curso de la temporada fría.

Contando apenas con un sencillo carrito de supermercado, equipado con dos cubetas-termo, de formidable tamaño y el infaltable reproductor musical que repetía hasta la saciedad la chillona cantaleta que llenaba de frenesí a los compradores, este humilde y laborioso inmigrante proveniente de un apartado pueblucho cibaeño, en la República Dominicana, se constituyó, por mucho tiempo, en uno de los personajes más populares y apreciados dentro de la comunidad de residentes en el norte de Manhattan.

El trato afable y cortés con que se conducía, así como la incuestionable pulcritud con que manipulaba el producto de su venta le granjearon la confianza y aprecio de su numerosa clientela, y, según afirman quienes le trataron más de cerca, en muy pocas ocasiones tuvo que lidiar con la policía, las autoridades de Sanitation u otros organismos o agencias especializadas en garantizar el respeto a las reglamentaciones municipales y la preservación de la salud en el seno de la población.
Acorde a los gustos, disponía de dos grandes envases para transportar las habichuelas con granos, en el uno, y sin granos, en el otro. Con esta atinada medida se granjeaba la aprobación de los consumidores del producto en una u otra manera, además de que esto le permitía agilizar las ventas y atender, de paso, a un mayor número de clientes.

Estacionado con su carrito en una intersección cualquiera de las calles más concurridas del vecindario, le veíamos intercambiar chistes y jocosidades con su clientela, al tiempo que atendía con eficacia y prontitud a la larga fila de parroquianos que, desafiando la nieve o el embate de los vientos que intensifican la gélida temperatura invernal, se apersonaban al lugar en busca de un vaso llenado hasta la saciedad con el rico y humeante postre.
Y, para garantizar el puntual suministro de la acaramelada y energizante bebida, contaba con una batería de ‘asistentes’ que le acarreaban el producto desde su hogar e intercambiaban las cubetas a medida que iba vaciándose su contenido, como consecuencia de las continuas ventas.

En esta temporada invernal y la Semana Santa recién finalizada no se escuchó por las calles de Manhattan el radio de ‘Grano Dulce’, con su estribillo como grito de chicharra y su inseparable altoparlante. Tampoco hemos podido divisarle, en lontananza, oteando desde las ventanas de nuestro apartamento de cuarta planta de Saint Nicholas. Su minúscula, pero dinámica figura ya no recorre con energía y presteza las calles y recovecos del vecindario: Alguien me aseguró que el inefable personaje había regresado de vuelta a la Patria, a disfrutar la vejez junto a los suyos y a invertir los ahorros de toda una vida de esfuerzos, sacrificios y limitaciones, en el mejoramiento de una finquita que adquirió en su pueblo natal.

En verdad, espero que esta haya sido la suerte corrida por el bonachón ‘Grano Dulce’ y le deseo el mayor de los éxitos en el sendero elegido, tal y como él se lo merece. Sin embargo, estoy consciente de que –independientemente de que lleguen otros que le sustituyan en la venta del apetecido dulce-, con su partida, el vecindario pierde a uno de sus más  esforzados hombres de trabajo y al más conspicuo, locuaz y dicharachero amigo.

Y eso, lo confieso, me llena de nostalgia.



                                                sergioreyes1306@gmail.com; NYC, Abril, 2013.

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