LA VIDA EN SOCIEDAD: LO CULTURAL Y LO HUMANO

LA VIDA EN SOCIEDAD: LO CULTURAL Y LO HUMANO


Este espacio es un lugar abierto para escribir historias de situaciones que pasan sobre temas de interés Social y Cultural en sentido general, sin mucha profundidad Científica, tomando en consideración la parte humana, dirigido a gente sencilla con interés de conocimiento de la Cultura Dominicana , dándole valor a lo cotidiano.

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viernes, 31 de octubre de 2014

EL ÚLTIMO ADIÓS



Darwin Bruno
La calle Monción es una calle larga, de pocas  casas,  de construcciones en maderas añejas, integradas a solares vacíos y bombillas de pobre iluminación, de color ámbar, que por su apariencia mortecina  le daba un aspecto de principios de siglo en todo su trayecto.

En la topografía  del pueblo esta calle está delineada de manera  tal que  en su salida  de la calle  Duarte se dirige  en  dirección hacia el oeste en un suave y discreto declive   hasta llegar a la parte antigua del  Cementerio Municipal, quizás por esta condición   al sector por donde  pasa esta calle le llaman  “Pueblo Abajo”.

Esta calle  es muy amplia, como todas las calles del pueblo; al medio día muestra un   pavimento echando lumbre,  calor y polvo dando una sensación de monotonía, fatiga y somnolencia; un sol candente castigaba a los que por allí pasaban. Era poco transitada, era una calle triste y sin vida y de apariencia melancólica.

El lado izquierdo, por donde nace esta calle, estaba ocupaba  por  una estancia reducida,  envuelta por los ramajes de unos  matorrales, y escondida debajo una tupida reserva de frondosos árboles de acacias florecidas, guanabas y mangos, dando un aspecto hermoso y fresco en el  día. 

Esta pequeña estancia era una construcción de madera, techada de cinc, que servia para albergar  un horno de ladrillos rojos, donde   elaboraban un  Pan artesanal muy gustoso; la vivienda tenía un aspecto primitivo y  rancio, por todas partes se veían pedazos de maderas y algunas sillas de palo, adornadas con  fibras de guano, que servían   para sentarse. Llevaba muchos años ahí. Allí olía a pan calentado casi todo el tiempo. La luna salida iluminaba todos los rincones del lugar, dándole una apariencia de luminosidad.

Este pequeño bosque daba a la calle Duarte, mediante un camino  que atravesaba un estrecho portón de madera y cinc que conducía a la calle. Todo lo que sabía era, que allí estuvo la panadería de “Carioca”, un señor alto, de consistencia  regular, de apariencia mestiza, de algunos 50 años  de edad; la expresión de su rostro era franca. Su vida fue su servicio. Nunca supe cuando desapareció la panadería, ni cuando se fue Carioca del lugar.

En el lado contrario, había  un viejo caserón de algunos 200  metros de construcción de estilo victoriano,  de tendencias caribeñas, de gran altura, de color rojo ladrillo, construido en madera en toda su edificación, techada de cinc,  la casa era grande, de cielo raso   muy elevado, y grandes ventanales  iguales  a los lados componían toda  la edificación.

Esta  vieja casona  había sido construida en el siglo pasado y perteneció a Antonio Bruno y se mantuvo en pie  por casi más de cien años, en sus inicios estuvo dividida en dos partes para  uso comercial y familiar,  luego la parte  izquierda paso a ser ocupada por la escuela de música del pueblo, y a la derecha para uso familiar del  maestro de música; esta parte se comunicaba con el lado izquierdo por una puerta interior, para que el maestro  pudiera entrar y salir  a la escuela sin salir a la calle con el pasar de los años  la casa fue vendida  y convertida en una construcción moderna de cemento para albergar un pequeño centro comercial de algunos 600 metros de construcción, para el año 2000.

Al fondo de la casa  había un patio que daba a la esquina de la calle Duarte con Monción, un jardín agreste y salvaje compuesto por   matojos  de  flores  blancas silvestres, narcisos  y  azucenas, crecían   en el centro del patio formando  una abundante vegetación  que sobresalía de la espesura de una montaña  herbosa, salpicada de dormideras o moriviví; las azucenas  parecían pedazos de terciopelos blancos sobre el forraje, del que emanaba un ligero olor a flores silvestres durante el día.

Había por aquí muchas abejas y abejones negros, y además  volaban   mariposas de color amarillo limonado. Un gran roble crecía en el patio de esta casa, justamente al frente de  la “Panadería de Carioca”. Una cerca  de madera y cinc la separaba de ambas calles.

Cerca de las cinco de la tarde  el Sol comienza  a ocultarse y llegan  las sombras del anochecer. En noches oscuras ,  las nubes  van  celando   la silueta de la luna recién salida  hasta hacerla desaparecer , y solo  queda de fondo  un  negro telón ,  la  calle va dando  la impresión de hacerse   más angosta,  las casas y las empalizadas se van  involucrando lentamente  , y en algún momento , bajo la luz de la luna, cuando  esta logra asomarse  ; desde la esquina de la calle ,   mirando hacia las partes traseras de las casas , los árboles parecen que abrazan   las casas .

Aquella cuadra forma parte  de la  ciudad vieja;  ya pasada las 10 de las noche un profundo silencio arropaba  todo el lugar. En las noches de luna llena  los narcisos  y las azucenas o “flores de muertos “ ahogaban con su penetrante olor a los que por allí pasaban    , que junto a   raras luminiscencias producidas por luciérnagas vagabundas  movían la imaginación  a un ambiente mágico o  un lugar encantado.  

De este lugar  se hablaban muchísimas cosas,  decían, que cuando las sombras del  anochecer arropaba a todo el pueblo    y el mutismo  envolvía a todo el lugar ; frente a una de  las ventanas de la casa que daba a la calle Monción , allí detenido,  un anciano de algunos 60 años  de edad ,de consistencia delgada, de aspecto distinguido y refinado ,  trajeado de color negro , con expresión triste, y el rostro bañado en lagrimas ,  se le veía  tocar   las cuerdas de un violín, que al compás de la armonía entonaba  una triste melodía que hacia llorar,  era una vieja canción que decía: /el tiempo se escapa y te arrastrará….. /la melancolía sigue siendo una memoria  por despedida /Aquí nos encontramos de nuevo/ donde el Sol no desaparece/ donde el Mar es un poema…

Si algo va a cambiar? / Si alguien va a encontrar  borrar toda la felicidad del momento? ….(Despedida. Ángelo Fabiani)

Se cuenta  que este fantasma era un  alma desesperada del Purgatorio que imploraba llorar por sus pecados y pedía suplicar   por su alma para que  el espectro de la muerte se compadeciera de él, perdonara sus pecados y así conseguir la paz eterna.
Los rumores apuntaban a que se trataba del fantasma de Heliodoro, que  regresaba a las calles conocidas de su juventud, ahora el horizonte era diferente, muchas casas donde vivieron sus amigos habían desaparecido , el tiempo había destruido la costumbre de su anterior vida; Heliodoro existió en este lugar   desde hacia más de cien años,   había tenido una vida digna, fue un gran violinista y había recibido  dos golpes  en su vida de los que nunca se recuperó: la pérdida de su amada Antonia en circunstancia desconocida y  escaso tiempo  después la muerte prematura  de su hija Flor.
Heliodoro contaba con  60 años  de edad y  la juventud ya se había ido para siempre, comenzó a deprimirse hasta llegar a los límites de la locura, prefirió la muerte para borrar aquellos recuerdos que fueron la causa de su desgracia. Un día entró a  su dormitorio a la hora de la siesta y se ahorcó colgándose  de un madero que servia de soporte al techo de la casa.
La tarde refrescaba y el cortejo fúnebre continuaba su recorrido por las calles del pueblo, caminaban y al caminar   cantaban: Yo se que el tiempo viene y pasa/ sin tener remordimiento, / Y es violento. / Sin conocer a uno se lo lleva como el viento./ Y uno nunca sabe lo que tiene/ Hasta no verlo muerto,…(Abrázame Muy Fuerte ).  
Los que allí estaban  abrían paso al entierro, contaban las coronas de flores  y se inclinaban ante el cadáver, con una expresión en el semblante de mucho encogimiento   y  se persignaban. Los curiosos se metían en la fila ofreciendo sus servicios en torno al fallecido    y  preguntaban: 
     -¿Quien ha muerto?
     -Y le respondían:
-          Heliodoro
-          ¡Ah!  Entonces se entiende.

¡Dios lo haya perdonado!

La noticia había recorrido todas las calles del pueblo, ya en el cementerio la tarde había refrescado y una brisa leve soplaba;  los curiosos estaban detenidos allí junto al cadáver, pasaron los últimos minutos y  la bendición del sacerdote, cerraron el ataúd, lo clavaron y lo bajaron a la fosa,  caían las últimas  palas  de tierra y se cubría   el cuerpo de Heliodoro, como si no pudiera darse cuenta de lo que allí pasaba. Y, como en todos los entierros solemnes  del pueblo un hombre de mediana edad pronunciaba unas breves  palabras; entre lamentos y suspiros, y con   un nudo en la garganta los dolientes coreaban: Más cerca, Dios, de Ti quiero estar, / aunque en una cruz me hayan de alzar. Aún cantaré así: Más cerca, Dios, de Ti. /

Aunque errante voy, en soledad cúbreme Tu amor y Tu bondad. / Aún soñaré  estar cerca del Santo Hogar, / más cerca, Dios, de Ti, cerca de Ti. (Más cerca, Dios, de Ti. Sarah F. Adams )

El sol se escondía,  soplaba una brisa leve y los dolientes abandonaban el lugar;  mediaba el mes de Octubre del 1963, era el día de la Virgen. Era el último adiós del violinista.

Recuerdo que  los atardeceres  se llenaban de presagios en la  habitación,  en la que a la puesta de Sol se aparecía el alma del violinista. Ahora ya no existe la vieja casona, el huerto en el patio,  ni  las crisálidas,   ni el humo  del pan quemado, es como si se  hubieran dado cuenta que su presencia causaba espanto.



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